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lunes, 11 de julio de 2011

Joseph Stiglitz: La crisis ideológica del Capitalismo occidental



Project Syndicate

Tan sólo unos años atrás, una poderosa ideología –la creencia en los mercados libres y sin restricciones– llevó al mundo al borde de la ruina. Incluso en sus días de apogeo, desde principios de los años 80 hasta el año 2007, el capitalismo desrregulado al estilo estadounidense trajo mayor bienestar material sólo para los más ricos en el país más rico del mundo. De hecho, a lo largo de los 30 años de ascenso de esta ideología, la mayoría de los estadounidenses vieron que sus ingresos declinaban o se estancaban año tras año.

Es más, el crecimiento de la producción en los Estados Unidos no fue económicamente sostenible. Con tanto del ingreso nacional de los EEUU yendo destinado para tan pocos, el crecimiento sólo podía continuar a través del consumo financiado por una creciente acumulación de la deuda.

Yo estaba entre aquellos que esperaban que, de alguna manera, la crisis financiera pudiera enseñar a los estadounidenses (y a otros) una lección acerca de la necesidad de mayor igualdad, una regulación más fuerte y mejor equilibrio entre el mercado y el gobierno. Desgraciadamente, ese no ha sido el caso. Al contrario, un resurgimiento de la economía de la derecha, impulsado, como siempre, por ideologías e intereses especiales, una vez más amenaza a la economía mundial –o al menos a las economías de Europa y América, donde estas ideas continúan floreciendo.

En los EEUU, este resurgimiento de la derecha, cuyos partidarios, evidentemente, pretenden derogar las leyes básicas de las matemáticas y la economía, amenaza con obligar a una moratoria de la deuda nacional. Si el Congreso ordena gastos que superan a los ingresos, habrá un déficit, y ese déficit debe ser financiado. En vez de equilibrar cuidadosamente los beneficios de cada programa de gasto público con los costos de aumentar los impuestos para financiar dichos beneficios, la derecha busca utilizar un pesado martillo –no permitir que la deuda nacional se incremente, lo que fuerza a los gastos a limitarse a los impuestos.

Esto deja abierta la interrogante sobre qué gastos obtienen prioridad –y si los gastos para pagar intereses sobre la deuda nacional no la obtienen, una moratoria es inevitable. Además, recortar los gastos ahora, en medio de una crisis en curso provocada por la ideología de libre mercado, simple e inevitablemente sólo prolongaría la recesión.

Hace una década, en medio de un auge económico, los EEUU enfrentaba un superávit tan grande que amenazó con eliminar la deuda nacional. Incosteables reducciones de impuestos y guerras, una recesión importante y crecientes costos de atención de salud –impulsados en parte por el compromiso de la administración de George W. Bush de otorgar a las compañías farmacéuticas rienda suelta en la fijación de precios, incluso con dinero del gobierno en juego– rápidamente transformaron un enorme superávit en déficits récord en tiempos de paz.

Los remedios para el déficit de EEUU surgen inmediatamente de este diagnóstico: se debe poner a los Estados Unidos a trabajar mediante el estímulo de la economía; se debe poner fin a las guerras sin sentido; controlar los costos militares y de drogas; y aumentar impuestos, al menos a los más ricos. Pero, la derecha no quiere saber nada de esto, y en lugar de ello, está presionando para obtener aún más reducciones de impuestos para las corporaciones y los ricos, junto con los recortes de gastos en inversiones y protección social que ponen el futuro de la economía de los EEUU en peligro y que destruyen lo que queda del contrato social. Mientras tanto, el sector financiero de EEUU ha estado presionando fuertemente para liberarse de las regulaciones, de modo que pueda volver a sus anteriores formas desastrosas y despreocupadas de proceder.

Pero las cosas están un poco mejor en Europa. Mientras Grecia y otros países enfrentan crisis, la medicina en boga consiste simplemente en paquetes de austeridad y privatización desgastados por el tiempo, los cuales meramente dejarán a los países que los adoptan más pobres y vulnerables. Esta medicina fracasó en el Este de Asia, América Latina, y en otros lugares, y fracasará también en Europa en esta ronda. De hecho, ya ha fracasado en Irlanda, Letonia y Grecia.

Hay una alternativa: una estrategia de crecimiento económico apoyada por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional.

El crecimiento restauraría la confianza de que Grecia podría reembolsar sus deudas, haciendo que las tasas de interés bajen y dejando más espacio fiscal para más inversiones que propicien el crecimiento. El crecimiento por sí mismo aumenta los ingresos por impuestos y reduce la necesidad de gastos sociales, como ser las prestaciones de desempleo. Además, la confianza que esto engendra conduce aún a más crecimiento.

Lamentablemente, los mercados financieros y los economistas de derecha han entendido el problema exactamente al revés: ellos creen que la austeridad produce confianza, y que la confianza produce crecimiento. Pero la austeridad socava el crecimiento, empeorando la situación fiscal del gobierno, o al menos produciendo menos mejoras que las prometidas por los promotores de la austeridad. En ambos casos, se socava la confianza y una espiral descendente se pone en marcha.

¿Realmente necesitamos otro experimento costoso con ideas que han fracasado repetidamente? No deberíamos, y sin embargo, parece cada vez más que vamos a tener que soportar otro. Un fracaso en Europa o en Estados Unidos para volver al crecimiento sólido sería malo para la economía mundial. Un fracaso en ambos lugares sería desastroso –incluso si los principales países emergentes hubieran logrado un crecimiento auto-sostenible. Lamentablemente, a menos que prevalezcan las mentes sabias, este es el camino al cual el mundo se dirige.


El autor es profesor de la Universidad de Columbia, Premio Nobel de Economía y autor de “Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy”.

Fuente: http://cl.m.globedia.com/joseph-stiglitz-crisis-ideologica-capitalismo-occidental

jueves, 23 de junio de 2011

Espejo chileno

Héctor Béjar

Si usted pregunta a cualquier peruano qué piensa del modelo chileno le dirá que es un éxito. Esa es la opinión que nadie se atreve a discutir en el Perú. Pero hay que mirarse en el espejo chileno.

El 16 de junio, setenta mil estudiantes y profesores marcharon por la Alameda de Santiago. Veinte universidades y doscientos cuarenta colegios secundarios fueron tomados por los estudiantes de escuelas públicas y privadas. Como ha sido costumbre en los gobiernos de la Concertación y en éste de la derecha, la respuesta fue gases y palos.

En el Perú post Fujimori y en el Chile post Pinochet cualquier ignorantón aspirante a millonario puede ser rector de una Universidad. La educación es un negocio en que se amasan fortunas. Al haberse municipalizado los colegios muchas municipalidades no tienen cómo mantenerlos y las escuelas son cada vez peores. Siguiendo postulados friedmanianos (de Milton Friedman, cuyas propuestas fueron aplicadas por los Chicago Boys en la época de Pinochet) los bancos dan créditos educativos. Y así termina usted pagando deudas eternas. La familia chilena, vía endeudamiento a más de veinte años, ha tenido que hacerse cargo de la enseñanza.

Un afortunado en este negocio es el ministro de Educación, Joaquín Lavín, líder de la ultraconservadora UDI (Unión Demócrata Independiente) y hombre del Opus Dei. Él hizo millones con la Universidad del Desarrollo. Fue alcalde de Santiago y quiere ser presidente el 2014. En Chile como aquí, el Opus Dei usa la educación como columna económica.

“En Chile está prohibido pensar” y “Educación igualitaria para todos ahora” son los lemas de los hijos del modelo chileno que no comparten el entusiasmo de ciertos peruanos por la herencia pinochetista.

El supuesto exitoso modelo chileno ha destruido la ecología andina con su reforestación masiva de especies extrañas para fabricar papel y su envenenamiento de las aguas para criar salmón. Como necesita desesperadamente energía, ahora se pretende construir cinco centrales hidroeléctricas en la Patagonia a pesar de la protesta del sur. La reconstrucción de Concepción después del terremoto es tan lenta como la del Pisco de Alan García. Según la encuestadora Adimark Gfk, a los catorce meses de su mandato la desaprobación de Piñera bordea el sesenta por ciento. Los jóvenes visten cuello y corbata pero son explotados en empleos precarios y “flexibles”. Deben trepar, (competir, le dicen) no discutir.

Pero la nueva generación dista de pensar como los “pepekausas” del Perú. No cree en pamplinas y habla claro. Laura Ortiz, vocera de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), ha dicho: “Es preciso realizar una transformación del modelo económico del país; la renacionalización del cobre es primordial para garantizar financieramente los derechos sociales arrebatados”.

Orlando Caputo y Graciela Galarce, economistas de la Universidad de Chile y el centro de estudios Cetes, declararon al diario Clarín de Buenos Aires: “La economía chilena tiene agotamiento relativo (…) Según el Banco Central, ingresan anualmente al país provenientes de los fondos de pensión AFP, o de inversiones chilenas en Argentina, Perú y otros países, 5,650 millones de dólares. Pero salen 25,000 millones”.

El sistema de AFP tiene siete millones de afiliados y hay 3.5 millones sin posibilidad de pensión. A veintisiete años de operar el sistema, las AFP en Chile se hacen cargo apenas del cinco por ciento de los adultos mayores de sesenta y cinco años. No han disminuido las obligaciones del Estado: hoy Chile destina a jubilaciones un seis por ciento del PBI, un tercio del gasto público total. Ya hay 1.5 millones de afiliados a las AFP socorridos por el Estado. ¿Qué va a pasar cuando sean 3.5 millones?

Desde su creación el sistema concentró capital en manos de los amigos de Pinochet. Por eso mientras los accionistas de las AFP reunieron 69,000 millones de dólares y acumularon ganancias por 15,000 millones, la jubilación promedio es apenas el equivalente a cien dólares y el cincuenta por ciento de los aportantes no tiene acceso a una pensión mínima.

Ése es el modelo chileno. Ahora es modelo de movilización, rebeldía y protesta, como los indignados de España, los trabajadores de Grecia, los colegiales de Inglaterra. ¿Qué les parece?.

Fuente: http://www.diariolaprimeraperu.com/online/