Mostrando entradas con la etiqueta Premio Nobel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Premio Nobel. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de julio de 2011

Cómo comencé a escribir


Caracas, Venezuela, 3 de mayo de 1970


Primero que todo, perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de veinte a treinta personas, no delante de doscientos amigos como ahora. Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como ésta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.

A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad -dijo- es que no hay jóvenes que escriban.

A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con «ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana» o algo parecido.

Esta vez sí que me enfermé y me dije: «¡En qué lío me he metido! ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?». Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.

Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tengo terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad, que pasé diecinueve años pensándola), cuando la tengo terminada, repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho; la idea que le da vueltas.

Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuándo, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de diecisiete y una hija menor de catorce. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: «No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Ellos se ríen de ella, dicen que ésos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: «Te apuesto un peso a que no la haces». Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Paga un peso y le pregunta: «¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla?». Dice: «Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo». Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: «Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto». «¿Y por qué es un tonto?». Dice: «Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Entonces le dice la mamá: «No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen». La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: «Véndame una libra de carne» y, en el momento en que está cortando, agrega: «Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado». El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: «Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas».

Entonces la vieja responde: «Tengo varios hijos; mire, mejor déme cuatro libras». Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: «Se han dado cuenta del calor que está haciendo?». «Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor.» Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. «Sin embargo -dice uno-, nunca a esta hora ha hecho tanto calor.» «Sí, pero no tanto calor como ahora.» Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: «Hay un pajarito en la plaza». Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

«Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.» «Sí, pero nunca a esta hora.» Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. «Yo sí soy muy macho -grita uno-, yo me voy.» Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen: «Si éste se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos», y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: «Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa» y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: «Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca».

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/cultura/64116.html

domingo, 11 de octubre de 2009

No sería el Nobel

Por Santiago O’Donnell

Uuuuuuu... Ahhhhhhhh... Hmmmmmmmmmmmm... ¿¿Ehhhh??... ¡No! !Epa! Wow!

Sorpresa, perplejidad, asombro, bronca, indignación, boca en boca, repercusión, rebote internacional, ruido, palabras.

Así funciona el Premio Nobel de la Paz. Siempre fue un instrumento de política exterior tanto o más que un reconocimiento. A veces pone el foco en un conflicto que a su juicio no recibe la atención que merece y premian a una activista como la birmana Aug Suu Kyi o el argentino Adolfo Pérez Esquivel, que luchan contra un régimen opresivo a través de la resistencia pacífica. A veces premia a una organización que hace las cosas bien como Amnesty o Unicef.

Y a veces premia a los grandes líderes del mundo. Premiar a estos tipos es casi una necesidad. Si no los premian no tienen prensa. Nadie habla del premio y nadie se entera de los birmanos y los argentinos.

Entonces si quiere poner el foco en la agenda ecológica le da el premio a Al Gore, ex vicepresidente de un país que durante su mandato intervino –bah, mandó soldados a matar gente, cualquiera sea la razón– en Somalia y los balcanes.

A veces el comité apuesta a premiar el fin de una negociación diplomática para poner su capital simbólico al servicio de la consolidación y legitimación del acuerdo alcanzado, como sucedió con los sucesivos premios Nobel por los distintos tratados de Medio Oriente, tanto los que se mantienen como los que eventualmente fracasaron, o el compartido entre Mandela y De Klerk por el fin del apartheid, o el que recibió Arias cuando terminó la guerra en Centroamérica.

A veces apuesta a poner el foco en negociaciones en marcha, como cuando premió a la agencia atómica de Naciones Unidas y a su experto estrella Mohamed Al Baradei por mediar en el conflicto nuclear iraní, aunque Al Baradei ya no media y el conflicto sigue igual o peor.

Y a veces apuesta a incidir en un conflicto en marcha, como cuando le dio el premio al obispo Desmond Tutu en pleno apartheid o cuando se lo dio a Pérez Esquivel durante la dictadura argentina. En estos casos no se eligió a la figura más conocida o representativa de la resistencia no violenta, o sea, no se lo dieron a la figura más gravitante en la eventual caída del régimen opresor, como podrían ser el Mandela encarcelado o las Madres de Plaza de Mayo. Eligieron privilegiar a un líder más pacífico, y por lo tanto más pasivo, y se lo dan, entre otras cosas, porque ha renunciado a ejercer una resistencia activa.

Entonces cuando premian en el tercer mundo premian la resistencia pacífica pasiva, aunque esa forma no logre conmover a los opresores. La junta birmana que lleva décadas en el poder, aunque el país cambie de nombre cada dos por tres. En cambio cuando premian a los líderes de las potencias, premian a lo que obtienen los resultados deseados, aunque sea a punta de fusil.

Otro criterio que respeta el comité noruego es el de alternancia entre norte y sur, izquierda y derecha. Tienen que mezclar para no perder audiencia y, por lo tanto, gravitación. Entonces mezclan tibetanos con sudafricanos, birmanos con guatemaltecos, coreanos del sur con irlandeses del norte y vuelta a empezar. Si quisieran ayudar a voltear a Mugabe elegirían a un activista en Zimbabwe que nunca se trenzó con nadie, si quisieran darles un mazazo a los golpistas de Honduras el premio iría a algún zelayista que nunca tiró una piedra.

A veces reparten el premio entre opresores y oprimidos, vencedores y vencidos. Mandela se hizo famoso por combatir el apartheid al frente de una organización política, el Congreso Nacional Africano, que incluyó la lucha armada entre sus metodologías políticas. De Klerk se dio a conocer como representante del régimen vencido, no porque la guerrilla tomó el poder, sino por el peso de una multimillonaria campaña de desinversión y un implacable bloqueo comercial que vaciaron sus arcas, y un boicot diplomático, político, cultural y deportivo que le anuló sus vías de legitimación. A Mandela se lo dieron por no castigar a sus verdugos. A De Klerk por entregarle la banda presidencial a un negro.

A los miembros del comité no parecen gustarles las causas silenciosas. Por eso si un tema no tiene suficiente prensa, como el tema de las bombas-racimo, por ejemplo, o la búsqueda incansable de los bebés expropiados en la dictadura argentina, entonces el premio no llega, por más méritos que hagan los referentes en el tema. En cambio si Paul McCartney y su mujer lisiada se embanderan con las minas antipersonales, el premio no tarda en llegar. Por eso un tipo como Bono siempre es un buen candidato.

Entonces premian a los Obama, a los Kissinger, a los Gorbachov, a los Begin y a los Gore, si no, no serían los Nobel. Serían otra cosa y estaríamos escribiendo de las elecciones en Uruguay.

Claro que hasta ahora los premios a los grandes líderes siempre se los dieron a veteranos de trayectoria, con algunas batallas encima, con pasado, con archivo, como se dice: Yitzak Rabin, Jimmy Carter, Roosevelt, Arafat.

Esta vez le tocaba a uno de esos tipos. ¿A quién se lo iban a dar? ¿A Sarkozy? ¿A Hu Jintao? ¿A Putin? ¿A Fidel Castro? ¿A Berlusconi? Cualquiera de ellos hubiera generado un escándalo tan grande como el que se armó con el premio a Obama. Entonces eligen al que más les gusta y qué importa si todavía no peina canas.

Si llegó a la presidencia de Estados Unidos, primer negro para más datos, algo habrá hecho, perdón por la expresión. Una sola decisión que haya tomado este líder mundial, qué sé yo, el desmantelamiento del escudo antimisiles en Europa o el nombramiento de Sonia Sotomayor, seguramente tuvo más impacto que toda una vida de resistencia en Rangoon.

Entonces “no hizo nada” es relativo. Por lo pronto llegó a la Casa Blanca con una nieta de esclavos y no poca gente cree que sólo por eso lo van a matar.

Claro que no le dieron el premio por derribar barreras raciales. Los miembros del comité, en sintonía con los líderes de las potencias europeas, decidieron que este año hay otras prioridades en la agenda.

Europa quiere arreglar con Irán, salirse de Afganistán, terminarla en Irak, calmar a Rusia y arreglar lo de Guantánamo. Entonces le dan el premio para que haga eso, diciendo que ya lo empezó a hacer.

Es cierto que algo empezó a hacer Obama al respecto: sacó soldados de Irak, sacó presos de Guantánamo, arregló un desarme nuclear con Rusia. Y su postura dialoguista debería representar un avance para la paz mundial con respecto a su antecesor, George W. Bush. Pero en Medio Oriente armó un par de reuniones sin conseguir nada y en Afganistán apenas empezó a dudar.

El tipo está en guerra y le dan el premio de la paz. Se lo dan en nombre de Nobel, un fabricante de armas, y se lo da un organismo semioficial de un país fabricante de armas. Y a los activistas del tercer mundo no le perdonan ni tirar una piedra.

Los anteriores ganadores del premio entienden el mecanismo y por eso, salvo alguna excepción, salieron en coro a felicitar a Obama y decir que el reconocimiento fue merecido, contra la opinión del otro 99,99 por ciento del mundo. Y por supuesto que aprovecharon la ocasión para discursear en favor de sus causas políticas, haciendo eje en las políticas de Obama, que por supuesto influyen sobre cada una de esas causas.

El Nobel de la Paz funciona así. Como instrumento de política exterior de una poderosa institución del norte europeo, más allá de los méritos de los ganadores y las contradicciones del comité. Por eso Obama se pone nervioso y dice que no lo merece, pero confirma que lo va a recibir igual y se banca el abucheo. No se la hicieron fácil pero no se va a quedar afuera. No sería Obama, no sería el Nobel.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elmundo/4-133288-2009-10-11.html