jueves, 24 de febrero de 2011

David Paravisini: “Libia podría estar al borde de una balcanización de su territorio”

Se rompió el equilibrio entre los 32 clanes que dominan el territorio de ese país

El proceso que se vive en Libia puede llevar a la fragmentación del país y a crear un desequilibrio en el Mediterráneo, un paso importante del comercio mundial y de los tanqueros petroleros, alertó el especialista en hidrocarburos, David Paravisini.

“Sin el liderazgo de Muhamar Gadafi puede venir una balcanización de ese país. Tal como sucedió en la extinta Yugoslavia, cuando falleció Yosip Broz Tito. Lo que pudiera detener ese proceso es el elemento común: el Islam. No se si las fuerzas suní, que son dominantes, tienen esa capacidad de convocatoria para evitar la división del país”, planteó.

Cuando estuvo como embajador de Venezuela en Libia, en el año 2005, Paravisini realizó una investigación, conjuntamente con su homólogo cubano en ese país, en la que corroboraron que existían alrededor de 32 clanes (organizaciones trivales con sus propias leyes), los cuales se repartían el dominio del territorio.

Ante la crisis puede ser que Gadafi se haya rodeado de los clanes que le son más leales, aunque el peso de la balance va depender de la fuerza armada de ese país que ha sido formada por el líder libio a lo largo de los 42 años en el poder. Considera que los Estados Unidos pudiera intervenir bajo la excusa de la violación de los derechos humanos. Al final pudiera suceder lo que pasó en Irak: las potencias intervendrían y se repartirían los yacimientos de petróleo y gas de ese país.

Las revueltas constituyen una situación terrible para los Estados Unidos, porque no puede controlar lo que están pasando en la región y muchos de sus aliados se sienten amenazados. “Lo que pasa en Libia es diferente al proceso egipcio. Esta latente la posibilidad de la fragmentación”, resaltó el especialista petrolero.

INTRANQUILIDAD EN LOS MERCADOS

Libia es miembro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo y una guerra civil desataría una disminución de la producción. Se dejarían de suministrar cerca de 1,7 millones de barriles diarios al mercado.

Este miércoles, los precios del crudo se volvieron a disparar. En el New York Mercantile Exchange (Nymex), el barril de West Texas Intermediate (WTI) terminó en 98,32 dólares. Mientras que en el Intercontinental Exchange de Londres, el barril de Brent, de referencia para Europa, superó los 110 dólares, por primera vez desde septiembre del año 2008, terminando en 111,80 dólares por barril.

“Esto no sería muy traumático. Aunque no está exenta de esa sacudida, Arabia Saudita está en capacidad de suplir la producción libia. Rusia también podría cubrir la demanda. Creo que en los próximos dos años no habrá problemas de suministro, hay suficientes inventarios y capacidad de producción”, consideró el especialista petrolero.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

La revolución libia, liderada por Muhamar Gadafi, tomó el poder en 1969. El joven militar logró un equilibrio de poder con los 32 clases que hacen vida en el país. Las políticas nacionalistas, las reformas sociales y su política antiimperialista fueron el reflejo de lo que sucedía en el mundo árabe en esa época. “La nacionalización de la industria de hidrocarburos con justicia social fueron los lemas del socialismo árabe que llevó adelante”, agregó el especialista.

Las políticas aplicadas en Libia eran reflejo de un consenso respecto al socialismo contenido en el libro Verde de Gadafi. Paravisini aseguró que con el paso de los años ese equilibrio entre los clanes se fue resquebrajando, por las pugnas que generó la repartición de la renta de hidrocarburos.

“Se rompió ese acuerdo, porque los clanes que estaban más cerca de Gadafi se enriquecieron de una manera extraordinaria y las otras familias se vieron excluidas. Si a este situación se agrega el proceso de occidentalización y la merma en los recursos destinados a la inversión social, llevaron al reclamo de la población”, expresó el ex embajador de Venezuela en ese país.

El descontento, que se ha propagado por algunos países del Medio Oriente, está creando una situación difícil en ese país. “Libia es el país que tiene el Índice de Desarrollo Humano más alto en África, pero mucha gente cree que se han vulnerado el proyecto inicial. Las negociaciones con las transnacionales y el haber relegado los valores del Islam a un segundo plano han sido factores determinantes”, resumió Paravisini,

SECUELAS DE LA GUERRA FRÍA

Los países árabes todavía viven las secuelas de las intervenciones brutales de las potencias internacionales. Fueron víctimas de las pugnas de la guerra fría.

“Tanto el bloque soviético como el imperio estadounidense, junto con sus aliados, han manejado a su conveniencia las relaciones con esos países. Prácticamente lo han convertido en su teatro para medir su poderío. La intervención de la antigua Unión Soviética en Afganistán y la tradición de occidente al pueblo Palestino, son evidencias patéticas de ese juego”, manifestó Paravisini.

http://www.correodelorinoco.gob.ve/tema-dia/david-paravisini-libia-podria-estar-al-borde-una-balcanizacion-su-territorio/

Wisconsin Power Play

By PAUL KRUGMAN

Last week, in the face of protest demonstrations against Wisconsin’s new union-busting governor, Scott Walker — demonstrations that continued through the weekend, with huge crowds on Saturday — Representative Paul Ryan made an unintentionally apt comparison: “It’s like Cairo has moved to Madison.”

It wasn’t the smartest thing for Mr. Ryan to say, since he probably didn’t mean to compare Mr. Walker, a fellow Republican, to Hosni Mubarak. Or maybe he did — after all, quite a few prominent conservatives, including Glenn Beck, Rush Limbaugh and Rick Santorum, denounced the uprising in Egypt and insist that President Obama should have helped the Mubarak regime suppress it.

In any case, however, Mr. Ryan was more right than he knew. For what’s happening in Wisconsin isn’t about the state budget, despite Mr. Walker’s pretense that he’s just trying to be fiscally responsible. It is, instead, about power. What Mr. Walker and his backers are trying to do is to make Wisconsin — and eventually, America — less of a functioning democracy and more of a third-world-style oligarchy. And that’s why anyone who believes that we need some counterweight to the political power of big money should be on the demonstrators’ side.

Some background: Wisconsin is indeed facing a budget crunch, although its difficulties are less severe than those facing many other states. Revenue has fallen in the face of a weak economy, while stimulus funds, which helped close the gap in 2009 and 2010, have faded away.

In this situation, it makes sense to call for shared sacrifice, including monetary concessions from state workers. And union leaders have signaled that they are, in fact, willing to make such concessions.

But Mr. Walker isn’t interested in making a deal. Partly that’s because he doesn’t want to share the sacrifice: even as he proclaims that Wisconsin faces a terrible fiscal crisis, he has been pushing through tax cuts that make the deficit worse. Mainly, however, he has made it clear that rather than bargaining with workers, he wants to end workers’ ability to bargain.

The bill that has inspired the demonstrations would strip away collective bargaining rights for many of the state’s workers, in effect busting public-employee unions. Tellingly, some workers — namely, those who tend to be Republican-leaning — are exempted from the ban; it’s as if Mr. Walker were flaunting the political nature of his actions.

Why bust the unions? As I said, it has nothing to do with helping Wisconsin deal with its current fiscal crisis. Nor is it likely to help the state’s budget prospects even in the long run: contrary to what you may have heard, public-sector workers in Wisconsin and elsewhere are paid somewhat less than private-sector workers with comparable qualifications, so there’s not much room for further pay squeezes.

So it’s not about the budget; it’s about the power.

In principle, every American citizen has an equal say in our political process. In practice, of course, some of us are more equal than others. Billionaires can field armies of lobbyists; they can finance think tanks that put the desired spin on policy issues; they can funnel cash to politicians with sympathetic views (as the Koch brothers did in the case of Mr. Walker). On paper, we’re a one-person-one-vote nation; in reality, we’re more than a bit of an oligarchy, in which a handful of wealthy people dominate.

Given this reality, it’s important to have institutions that can act as counterweights to the power of big money. And unions are among the most important of these institutions.

You don’t have to love unions, you don’t have to believe that their policy positions are always right, to recognize that they’re among the few influential players in our political system representing the interests of middle- and working-class Americans, as opposed to the wealthy. Indeed, if America has become more oligarchic and less democratic over the last 30 years — which it has — that’s to an important extent due to the decline of private-sector unions.

And now Mr. Walker and his backers are trying to get rid of public-sector unions, too.

There’s a bitter irony here. The fiscal crisis in Wisconsin, as in other states, was largely caused by the increasing power of America’s oligarchy. After all, it was superwealthy players, not the general public, who pushed for financial deregulation and thereby set the stage for the economic crisis of 2008-9, a crisis whose aftermath is the main reason for the current budget crunch. And now the political right is trying to exploit that very crisis, using it to remove one of the few remaining checks on oligarchic influence.

So will the attack on unions succeed? I don’t know. But anyone who cares about retaining government of the people by the people should hope that it doesn’t.

http://www.nytimes.com/2011/02/21/opinion/21krugman.html?_r=1&partner=rssnyt&emc=rss