lunes, 6 de julio de 2009

Mr. Obama and Mr. Medvedev

Editorial (New York Times)

By the time President George W. Bush left office, Russian-American relations had deteriorated alarmingly. Russia bore a good part of the blame, harassing opponents, stifling a free press and bullying its neighbors. But Mr. Bush both enabled former President Vladimir Putin’s worst impulses and ignored his occasionally legitimate complaints.

With President Obama scheduled to meet President Dmitri Medvedev of Russia in Moscow on Monday, both sides say they are eager to “reset” the relationship. One welcome sign: Officials said on Friday that Russia had agreed to let American planes fly over Russian territory to re-supply forces fighting the Taliban in Afghanistan.

There are certainly a lot of other difficult issues that need their joint attention.

We are especially eager to see them make progress on reducing their nuclear arsenals — Mr. Bush disdained arms-control negotiations and treaties. Two decades after the fall of Communism, the two countries — astonishingly and frighteningly — still have more than 20,000 nuclear weapons.

In five months, the 1991 Start I treaty — which contains the basic rules for verifying the size and location of each others’ nuclear forces — expires. It must be extended. We, along with the rest of the world, are also eager to see the two leaders commit to further reductions in the number of deployed weapons.

Under the 2002 Moscow treaty — Mr. Bush’s only arms-reduction treaty — the two sides agreed to go down to between 1,700 and 2,200 deployed warheads. There is talk that they are now looking to reduce that ceiling to 1,500 warheads.

We think 1,000 would send an even clearer message to Iran and North Korea — and others who have been far too tolerant of their nuclear misbehaviors — that the world’s two main nuclear powers are placing a lot less value on their nuclear weapons.

Instead of waiting for a treaty, both sides could demonstrate their good will right now, and make the world a lot safer, by jointly committing to taking their entire arsenals off hair-trigger alert. And they should pledge to quickly destroy all of their short-range weapons. The United States has 200 to 300; Russia has at least 3,000. These weapons are not covered by any treaty, and they are too vulnerable to theft.

The two leaders should not let their disagreements over American plans (left over from Mr. Bush) to build a missile defense system in Poland and the Czech Republic stand in the way of an agreement.

We are skeptical that the technology is anywhere near ready for prime time. We are also certain that the system, which Mr. Obama says is intended to stop Iranian missiles, poses no threat to Russian security. A healthy dialogue is clearly in order.

Russia was pivotal in winning recent approval of tougher United Nations Security Council sanctions on North Korea. But it has been less helpful with Iran. Moscow has strong economic ties with Tehran. But Mr. Obama must do all he can to persuade Mr. Medvedev that he is playing with fire.

The biggest challenge for Mr. Obama will be finding a balance between enlisting Russia’s support on international issues without appearing to endorse its anti-democratic behavior at home or its ongoing threats to neighbors, most notably Georgia. Mr. Bush never managed that. Mr. Obama needs to do better.

http://www.nytimes.com/2009/07/04/opinion/04sat1.html?ref=opinion

AL: profundización del antineoliberalismo o restauración conservadora

Emir Sader

América Latina se ha caracterizado en esta década por un viraje espectacular que la ha trasformado de territorio privilegiado de políticas neoliberales en el eslabón más frágil de la cadena neoliberal. Gobiernos que de distintas formas enfrentan los modelos neoliberales han proliferado, pudiendo llegar a 10. A pesar de que la revista británica The Economist anunció que con la crisis esos gobiernos no se extenderían más en el continente –porque la crisis impondría la agenda de la derecha, centrada en el ajuste fiscal y en el combate a la violencia–, desde entonces triunfó el gobierno de Mauricio Funes y del Frente Farabundo Martí en El Salvador.

A partir de la elección de Hugo Chávez, en 1998, la derecha ha intentado, de distintas maneras, recobrar fuerza, tumbar a esos gobiernos y recuperar la apropiación del Estado en sus manos: el golpe de 2002 en Venezuela, el intento de impeachment de Lula, en 2005, las sucesivas ofensivas de los grandes agricultores en Argentina, del separatismo en Bolivia. Actualmente el golpe en Honduras, la derrota electoral del gobierno en Argentina y la elección de Pepe Mujica como candidato del Frente Amplio en Uruguay son otras tantas de las últimas escaramuzas entre las dos fuerzas que ocupan el campo político en América Latina a lo largo de esta década.

América Latina se debate entre profundizar las trasformaciones progresistas operadas por esos gobiernos o la restauración de la derecha. Donde se debilitan esos gobiernos, no gana ningún sector de izquierda, sino que se fortalece la derecha. Las primeras corrientes que fracasaron en la lucha antineoliberal fueron las provenientes de la llamada ultraizquierda, sean grupos políticos de corte doctrinario u organizaciones sociales que no han roto con la visión corporativa de la autonomía de los movimientos sociales. El campo político ha quedado polarizado entonces entre esos gobiernos –más moderados o más radicales– y la derecha.

La elección de Mujica como candidato del Frente Amplio representa más claramente el intento de profundización de las trasformaciones antineoliberales. Su condición de favorito en las encuestas apunta en esa dirección. Por el contrario, la derrota del gobierno argentino representa el intento de frenarlas y de construir un recambio de derecha. El golpe de Honduras, conforme a su desenlace, puede terminar con un gobierno que daba pasos en la dirección antineoliberal o permitir que el retorno de Zelaya recobre con más fuerza esa dinámica. Lo mismo se puede decir de Brasil: las elecciones presidenciales de 2010 pueden hacer que el gobierno de Lula sea un largo paréntesis en la dominación de la derecha o la profundización de las transformaciones iniciadas, con la victoria de Dilma Rousseff, que crece rápidamente en las encuestas, apoyada en 80 por ciento del respaldo popular y solamente 6 por ciento de rechazo del gobierno de Lula. Todo apunta hacia una gran victoria de Evo Morales y el MAS en las elecciones de diciembre de este año, garantizando la continuidad y la profundización del proceso de fundación del nuevo Estado boliviano.

Los efectos de la crisis sobre los países del continente estrechan los márgenes de las políticas de conciliación de clases desarrollada por gobiernos como los de Argentina, Brasil, Uruguay, entre otros, obligándolos a definiciones entre seguir con las concesiones al gran empresariado –en particular al capital financiero– o la intensificación de las políticas sociales como eje obligado de un gobierno antineoliberal.

Hay visiones que nunca han considerado a esos gobiernos como diferenciados de sus antecesores neoliberales, pero que en la práctica corren a saludar la posibilidad de su sustitución por la derecha. En ésas –que combinan catastrofismo y derrotismo– no habría ningún cambio significativo: una derecha sustituiría a la otra. Cambalache, ninguno es mejor, todo es igual. Las visiones que se limitan al plano de la crítica están al margen de los procesos reales de enfrentamiento al neoliberalismo en el continente.

El futuro de América Latina se decide entre la profundización de las trasformaciones apenas empezadas o procesos de restauración conservadora en que serán derrotados el campo popular y las izquierdas en su totalidad. El futuro sigue abierto, la disputa hegemónica frente al agotamiento del neoliberalismo y las alternativas, entre lo viejo que insiste en sobrevivir y lo nuevo que encuentra dificultades para nacer, es lo que marca el presente latinoamericano.

http://www.jornada.unam.mx/2009/07/06/index.php?section=opinion&article=024a2pol